La maquina de asesinar
La maquina de asesinar La tempestad de viento y de nieve que se habÃa levantado comenzaba a calmar. De pronto, oyéronse en la calle ruido de pasos y rumor de voces…
Gabriel, siempre mudo, pues aún no habÃa pronunciado una palabra, se dirigió a la señorita Barescat y sus invitados que, con las manos en lo alto, parecÃan inmovilizados por el espanto en una actitud de súplica y de trágico asombro, les lanzó una mirada terrible, se registró el bolsillo, sacó una libreta y una estilográfica, escribió unas cuantas palabras, arrancó la hoja —todo ello en menos tiempo del que necesito para contarlo— y la pasó ante los ojos de las tres pobres mujeres que, por un instintivo sentimiento de horror, no habÃan arrimado unas a otras. En cuanto se dieron cuenta de la frase escrita en el papelito, lanzaron un chillido como para estremecer el más empedernido corazón: chillido que pronto ahogaron al ver que Gabriel, como movido por un resorte, daba un gran salto y volvÃa a empuñar el revólver para amenazarlas de nuevo…