La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Birouste, para ser molestado lo menos posible, y sin duda para mejor velar por la seguridad de aquellas damas en circunstancias tan trágicas y que tanta decisión requerÃan, se habÃa parapetado tras el mostrador como un capitán de navÃo en su toldilla a la hora del peligro. Desde aquel lugar escogido como puesto de combate, nada podÃa leer. Gabriel, que no le habÃa olvidado, le lanzó el papelito. Y entonces el herborista comenzó un grito que no acabó por el motivo anteriormente apuntado…
Mientras tanto, los pasos y las voces se habÃan ido acercando.
Gabriel habÃa vuelto a tomar a Cristina en sus brazos y, de cara a la puerta, revólver en mano, esperaba los acontecimientos en temible actitud.
Los pasos y las voces se detuvieron ante la puerta. Y se oyó este diálogo presuroso:
—¡Le digo que no ha salido de la calle!…
—¡Oh! No puede estar lejos…
—Aún hay luz en casa de la señorita Barescat. Quizá haya oÃdo algo…
En aquel momento, Gabriel, con un gesto rápido, dio la vuelta al conmutador que se encontraba junto a la puerta de comunicación con la trastienda. Asà quedó a oscuras la tienda y continuó iluminada la trastienda… Gabriel, con su preciosa carga, se trasladó silenciosamente a la trastienda.