La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Los demás no respiraban… Estaban pasmados…
Y he aquà que la luz que les llegaba de la trastienda también se apagó.
Fue seguramente el momento más terrible de la vida de todas aquellas personas…
Ante la puerta continuaba el coloquio. La señora Langlois ya habÃa reconocido la voz del viejo Norbert y de Jaime Cotentin.
—¡Se apaga la luz! —dijo Jaime.
—¿Llamamos? —propuso el relojero.
—Quizá perdamos un tiempo precioso… Me parece mejor registrar todos los rincones de la isla, porque no puede haber salido de ella… ¡Con Cristina en brazos no puede atravesar los puentes sin que le vean!…
Tras un corto silencio, sonó la sorda voz del viejo Norbert para decir:
—¿Qué es esto?
—¡El cordón de su capa!… —exclamó el disector.
—Lo ha cogido la puerta —observó el relojero.
—¡Luego ha entrado en la paqueterÃa! —dedujo Jaime.
Seguidamente, llamaron varias veces a la puerta.
Pero nadie respondió.
Entonces gritaron:
—¡Señorita Barescat!
Pero aunque repitieron el grito, fue en vano.