La maquina de asesinar
La maquina de asesinar —Es raro, muy raro todo esto…
Y aporrearon nuevamente la puerta.
Entonces se abrió un balcón de la calle y les dijo una voz:
—¿Qué quieren de la señorita Barescat?… ¡Hace tiempo que estará acostada!…
Y el balcón se cerró en seguida. HacÃa mucho frÃo… Nevaba… Además, en aquella calle hacÃa mucho miedo…
Por otra parte, el relojero y Jaime ya no llamaban. Procuraban echar abajo la puerta…
Jaime hacÃa una presión bárbara, a riesgo de estropearse el hombro. Y el pobre cerrojo no piulo resistir mucho tiempo…
Se abrió la puerta y se precipitaron al interior.
Oscuridad y silencio.
Llamaron otra vez a la señorita Barescat. Jaime oprimió su encendedor, gracias al cual vieron, con el extraño relieve que da una luz escasa a los objetos que hace salir de la oscuridad, cuatro estatuas con los brazos en el aire, la boca abierta y los ojos de par en par…