La maquina de asesinar
La maquina de asesinar La caliente ceniza del Vesubio no inmovilizó más en sus gestos postreros a los habitantes de Pompeya de lo que el miedo (ese gran miedo que en ciertas épocas de la historia emanan los infiernos como una exhalación del gran misterio negro contra los humanos) momificó momentáneamente a la señorita Barescat y a sus invitados en cuanto leyeron el papelito que Gabriel les había paseado ante las narices.
Aquellas cuatro estatuas surgían de la sombra en medio de un desorden inexpresable con el que tropezaban los vacilantes pasos del anciano relojero y del que pudieron darse cuenta así que Jaime Cotentin dio la vuelta al conmutador eléctrico…
Gabriel, desde luego, había pasado por allí. La primera huella de sus pasos, el anonadamiento, la suspensión de los sentidos en los cuatro primeros individuos con que se había encontrado en cuanto se escapó de la jaula. Además, había que tener en cuenta el desbarajuste causado en la paquetería. ¿Qué otra cosa podía hacer Gabriel en tan pequeño espacio? Finalmente, había sangre: sangre en el mostrador, sangre en las delicadas puntillas, sangre en las paredes… Y aquella sangre era de Cristina…
Intentaron despertar a aquellas momias y hacerles hablar; pero no lo consiguieron ni aun a fuerza de sacudidas. Continuaban mirándoles en silencio…
—¿Adónde se ha ido?…