La maquina de asesinar

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—¿Y mi hija, dónde está mi hija, qué ha hecho mi hija?…

Se precipitaron a la trastienda… ¡Nadie!… Pero había una puerta abierta que daba a un corralillo… Y en el corralillo se abría otra puerta… ¡Sus pasos, sus pasos sobro la nievo!… Continuaban sus pasos por un callejón de altos paredones y muchas revueltas que llevaba a los muelles… Y hacia los muelles se lanzaron.

Solamente entonces bajaron las manos las cuatro estatuas… Dio ejemplo el señor Birouste… Pero todos habían comprendido ya que Gabriel no estaba allí, que no cabía dudar sobre su huida, que había reanudado la marcha llevándose a su víctima hacia las tinieblas y el misterio de donde había salido para causar un espanto del que la señorita Barescat jamás se curó por completo.

A continuación Birouste, sin hacer caso de las señoras, que le suplicaban que no las abandonara, llegó rápidamente a la puerta de la calle y se apresuró a entrar en su casa.

Era cuestión de andar varios metros, porque vivía en el edificio contiguo… Entonces las tres mujeres decidieron pasar la noche juntas. Mientras sostenían la más extravagante conversación, arrimaban muebles detrás de las puertas. Y después se refugiaron en el cuartito que servía de alcoba a la dueña de la casa, y pasaron allí toda la noche.


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