La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Yo, señor comisario, no soy un acróbata, sino un hombre que acostumbra a entrar y salir por las puertas… Lo otro, como diría la señora Camus, es cosa propia del cine… Y, además, los artistas, para el caso de que no les salga bien lo que hacen, tienen debajo un colchón que el espectador no ha de ver… Pero ya le digo que, a pesar de no tener esas habilidades, me atreví a bajar… Y es que se trataba de que ese Gabriel, ese lo que sea, no se llevara otra vez a la señorita Norbert.
Precisamente cuando yo iba a desaparecer, salió la joven del estado en que se hallaba, y dirigiéndose hacia mí aún pudo gritar:
—¡Sálveme, señor Birouste!…
—En seguida —le contesté—. ¡Espéreme, que vuelvo!…
Un minuto después me hallaba en la calle y caía, por decirlo así, en los brazos del señor Norbert y de Jaime Cotentin, que buscaban a Gabriel…
—No busquen más —murmuré—. Está en mi casa con la victima…
—¡Ábranos la puerta! —exclamaron.
—Aquí tienen las llaves —les dije—. ¡Y Dios quiera que lleguen a tiempo!…
—Yo me encontraba tan quebrantado, que no me sentía con ánimo para seguirles. Me limité a advertirles:
—¡Cuidado, que lleva revólver!…