La maquina de asesinar
La maquina de asesinar A lo cual me respondió el relojero:
—Eso revólver no está cargado…
Hay momentos, señor comisario, en que se realizan milagros… Entonces, por ejemplo, les seguí hasta mi casa, donde aquella fiera había hecho su guarida. Pero cuando llegamos al primer piso, o, mejor dicho, cuando llegaron, porque yo me había quedado en la planta baja, no había nadie, ¡nadie!… El pajarraco había volado, llevándose en sus garras a «la Virgen de la Íle-Saint-Louis»…