La maquina de asesinar
La maquina de asesinar —La vida que yo creà que estaba en peligro era la mÃa —dijo el mayordomo sacudiendo tristemente su cabeza grisácea—. Al fin y al cabo, me consolarÃa si sólo me costara la broma quince mil francos…, aunque no eran mÃos… Y tal vez habré de felicitarme de la intervención de ustedes, aunque haya sido violenta, porque me proporcionará un testimonio que reforzará mis declaraciones, si es que hay alguien que ponga en duda mi honradez, condición que, junto con la caridad, es la única razón de mi existencia en este bajo mundo…
—Tiene usted, señor Lavieuville, la estimación de cuantas personas le conocen —protestó el relojero—. Lo que no comprendo es la alusión a los quince mil francos…
—¡Quince mil francos, sÃ!… Ni un céntimo más ni un céntimo menos…
—De acuerdo, señor Lavieuville. Pero le rogamos que nos cuente en seguida lo sucedido.