La maquina de asesinar
La maquina de asesinar —Esos quince mil francos pertenecen a la «fábrica de la iglesia». Yo tenía el encargo de convertirlos en bonos de la Defensa Nacional. Y como mi propósito, luego de haber oído la misa de las seis de la mañana y de haber hecho la visita cotidiana a algunas familias pobres del barrio y de los alrededores, era dirigirme al Banco, los llevaba encima, en la cartera. Al primer toque para la misa, salí de casa, saqué mi pequeño automóvil del garaje, que acaba de abrir, y subí al coche. Entonces quise saldar una pequeña cuenta que tenía con el vigilante, para lo cual saqué del bolsillo mi cartera y de la cartera un billete de cincuenta francos, del que el vigilante me devolvió cuarenta y cinco céntimos. Mientras contaba este dinero antes de ponérmelo en el bolsillo, no me di cuenta de que, en vez de guardarme la cartera en la americana, me la guardaba en el bolsillo interior del abrigo.