La maquina de asesinar

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Mi abrigo, señores míos, hace honor a su nombre, pues está forrado de piel de conejo y tiene el cuello de astracán imitado… Es una prenda modesta, sin embargo: propia, en una palabra, de una persona como yo, que ha dedicado lo poco que posee a aliviar en lo posible la miseria de sus semejantes… ¿No es bastante, en fin de cuentas, que un abrigo proporcione calor y sea cómodo?… Además, tiene o, mejor dicho, tenía el complemento de un forro de falsa nutria, que encierra bien la cabeza y con el cual puedo defenderme perfectamente del frío… Digo todo esto, porque son detalles que tal vez les resulten útiles y porque en una aventura como la que me ha sucedido no conviene olvidar nada…

Varios minutos después paró el coche, que yo guío, ante la puerta pequeña de la iglesia, que tan bien conocen ustedes… Yo les veo todos los domingos en misa con la señorita, cosa que, a decir verdad, me inspira mucha confianza en estos momentos… La misa la decía el abate Lequesne, a quien ustedes también conocen. Luego de terminado el santo oficio, fui a ver al señor cura a la sacristía. Y mientras se cambiaba de vestiduras, le hablé de algunas obras de caridad en las que intervenimos juntos. Luego él salió de la sacristía.

Volví a la iglesia solitaria, porque tengo la costumbre de hacerlo así, para gozar de la conversación a solas con Dios.


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