El monje

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No era fácil, ni mucho menos, descubrir la entrada. Pero esto no fue obstáculo para Ambrosio, que durante el funeral de Antonia había tomado nota mentalmente con todo cuidado para no equivocarse. Encontró la puerta, que tenía abierta la cerradura, la abrió, y descendió a la mazmorra. Se acercó a la humilde tumba en la que descansaba Antonia. Se había provisto de una palanca de hierro y una piqueta, pero esta precaución resultó innecesaria. La reja estaba ligeramente levantada hacia arriba. La abrió, colocó la lámpara en el borde, y se asomó en silencio a la tumba. Al lado de tres pútridos cadáveres semidescompuestos, dormía la belleza. Un vivo rubor, anuncio de la inminente reanimación, se había extendido ya por sus mejillas; y envuelta en su mortaja, tendida en su féretro, parecía sonreír a las imágenes de la muerte que la rodeaban. Mientras contemplaba los huesos putrefactos y las repugnantes figuras que quizá fueron en otro tiempo dulces y amables, Ambrosio pensó en Elvira, reducida por él a ese mismo estado. Y al surgir en su memoria esta acción horrenda, se sintió invadido por un horror tenebroso. Sin embargo, esto mismo le alentó en su resolución de destruir el honor de Antonia.





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