El monje

El monje

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—¡Por ti, belleza fatal! —murmuró el monje, mientras contemplaba a su desventurada presa—. Por ti, he cometido este homicidio, me he vendido a las torturas eternas. Ahora estás en mi poder: el producto de mi crimen será, al menos, mío. No esperes que tus súplicas formuladas con melodía sin par, tus luminosos ojos arrasados en lágrimas, y tus manos elevadas en gesto de súplica, como cuando imploras en penitencia el perdón de la Virgen; no esperes que tu conmovedora inocencia, tu hermoso pesar, ni todas tus artes deprecatorias, te libren de mis abrazos. Antes de que despunte el día, mía habrás de ser, ¡y lo serás!

La sacó de la tumba, exánime todavía. Se sentó en un banco de piedra y, sosteniéndola en brazos, la observó impaciente, deseoso de descubrir algún síntoma de recuperación. Apenas podía dominar sus pasiones lo bastante como para abstenerse de gozar de ella aunque estuviese insensible. Su natural lujuria había aumentado en fogosidad con las dificultades que habían impedido su satisfacción, así como por la prolongada abstinencia de mujer, ya que desde el momento en que no quiso escuchar las protestas de amor de Matilde, ésta le había rechazado de sus brazos para siempre.



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