El monje

El monje

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—No soy una prostituta, Ambrosio —le había dicho cuando, en la plenitud de su lujuria, le pidió sus favores con más vehemencia de lo habitual—; ahora ya no soy más que vuestra amiga, no quiero ser vuestra amante. Dejad, pues, de pedirme que satisfaga vuestros deseos, ya que esto me ofende. Cuando vuestro corazón era mío, yo me sentía dichosa con vuestros abrazos. Esos tiempos han pasado: mi persona os resulta ahora indiferente; y no es amor, sino necesidad, lo que hace que busquéis mi goce. No puedo acceder a una petición tan humillante para mi orgullo.

Súbitamente privado de los placeres cuyo hábito los había vuelto tan necesarios, el monje sintió esta abstinencia de manera rigurosa. Naturalmente inclinado a la satisfacción de los sentidos, en el pleno vigor de su virilidad y el ardor de su sangre, había dejado que su temperamento alcanzase tal preponderancia que su lujuria casi rayaba en la locura. De su afecto por Antonia no quedaba ya más que la partícula más grosera. Anhelaba la posesión de su persona; y aun la tenebrosidad de la cripta, el silencio reinante y la resistencia que esperaba de ella parecían conferir un nuevo incentivo a sus fieras y desatadas ansias.




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