El monje

El monje

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Gradualmente, sintió cómo en el pecho que descansaba contra el suyo volvía el calor de la vida. El corazón de Antonia empezaba a latir otra vez. Su sangre circulaba más deprisa, y sus labios temblaron. Finalmente, abrió los ojos, pero vencida y aturdida por los efectos de la fuerte droga, los volvió a cerrar inmediatamente. Ambrosio la vigilaba con atención, sin que se le escapase un solo movimiento. Al comprobar que había vuelto totalmente a la vida, la estrechó embargado contra su pecho y la besó con fuerza en los labios. Este gesto súbito bastó para disipar los vapores que ofuscaban la razón de Antonia. Se incorporó apresuradamente y miró con ojos extraviados a su alrededor. Las extrañas imágenes que percibió en torno suyo contribuyeron a confundirla más. Se llevó una mano a la cabeza, como para sosegar su imaginación desordenada. Por último, la bajó, y recorrió por segunda vez la mazmorra con la mirada. Luego sus ojos se fijaron en el rostro del abad.

—¿Dónde estoy? —preguntó de pronto—. ¿Cómo he llegado aquí? ¿Dónde está mi madre? ¡Me pareció haberla visto! ¡Oh, un sueño, un sueño espantoso me habló…! Pero ¿dónde estoy? ¡Dejadme! ¡No puedo permanecer aquí!

Trató de levantarse, pero el monje se lo impidió.


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