El monje
El monje —¡Calmaos, hermosa Antonia! —replicó—. No os amenaza ningún peligro: confiad en mi protección. ¿Por qué me miráis tan seria? ¿No me conocéis? ¿No conocéis a vuestro amigo? ¿A Ambrosio?
—¿Ambrosio? ¿Mi amigo? ¡Ah, sÃ, sÃ! Recuerdo… Pero ¿por qué estoy aquÃ? ¿Quién me ha traÃdo aquÃ? ¿Por qué estáis conmigo? ¡Oh! ¡Flora me dijo que tuviese cuidado…! Aquà no hay más que tumbas, ¡y esqueletos! ¡Este lugar me da miedo! ¡Mi buen Ambrosio, sacadme de aquÃ, pues me recuerda mi espantoso sueño! Me pareció que estaba muerta, y que yacÃa en mi tumba. ¡Buen Ambrosio, sacadme de aquÃ! ¿Es que no queréis? ¡Oh! ¿Es que no queréis? ¡No me miréis asÃ! ¡Vuestros ojos llameantes me aterran! ¡Perdonadme, padre! ¡Oh, por Dios, perdonadme!
—¿Por qué estos terrores, Antonia? —replicó el abad, rodeándola con sus brazos, y cubriéndole el pecho de besos que en vano luchaba ella por evitar—. ¿Qué teméis de mÃ, del que tanto os adora? ¿Qué importa donde estéis? Este sepulcro me parece el jardÃn del amor, y su lobreguez, la protectora noche de misterio que él extiende sobre nuestros goces. ¡SÃ, mi dulce muchacha! ¡SÃ! Vuestras venas arderán con el fuego que recorre las mÃas, y mis transportes se doblarán cuando los compartáis vos.