El monje

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Mientras hablaba así, repetía sus abrazos y se entregaba a las libertades más indecentes. Ni aun la ignorancia de Antonia podía estar ciega a la desenvoltura de su conducta. Consciente de su peligro, logró zafarse de sus brazos, y siendo la mortaja su único vestido, se la envolvió estrechamente alrededor de su cuerpo.

—¡Quitadme las manos, padre! —gritó, con su honesta indignación templada por la alarma ante su situación indefensa—. ¿Por qué me habéis traído a este lugar? ¡Su aspecto me hace estremecer de horror! ¡Sacadme de aquí, si tenéis algún sentido de la compasión y la humanidad! Dejadme que regrese a la casa que no sé cómo he abandonado, pues ni quiero ni debo permanecer aquí un instante más.

Aunque el monje se sintió algo indeciso ante el tono en que pronunció estas palabras, no produjo en él otro efecto que el de sorpresa. Le cogió la mano, la obligó a sentarse sobre sus rodillas, y mirándola con ojos lujuriosos, le replicó así:





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