Sub terra
Sub terra La muchacha, con los ojos bajos y el ceño fruncido, callaba enjugando las manos en los pliegues de su traje.
—Rosa —dijo el mozo con tono jovial y risueño, pero que acusaba una emoción mal contenida—, qué a tiempo te volviste. ¡Vaya con el susto que te habrÃa dado!
Y cambiando de acento con voz apasionada e insinuante prosiguió:
—Ahora que estamos solos me dirás qué es lo que te han dicho de mÃ; por qué no me oyes y te escondes cuando quiero verte.
La interpelada permaneció silenciosa y su aire de contrariedad se acentuó. El reclamo amoroso se hizo tierno y suplicante.
—Rosa —imploró la voz— ¿tendré tan mala suerte que desprecies este cariño, este corazón que es más tuyo que mÃo? ¡Acuérdate que éramos novios, que me querÃas!
Con acento reconcentrado, sin levantar la vista del suelo, la moza respondió:
—¡Nunca te dije nada!
—Es cierto, pero tampoco te esquivabas cuando te hablaba de amor. Y el dÃa que te juré casarme contigo no me dijiste que no. Al contrario, te reÃas y con los ojos me dabas el sÃ.
—Creà que lo decÃas por broma.