Sub terra

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Una forzada sonrisa vagó por los labios del galán y en tono de doloroso reproche contestó:

—¡Broma! ¡Mira! Aunque se rían de mí porque me caso a fardo cerrado, di una palabra y ahora mismo voy a buscar al cura para que nos eche las bendiciones.

Rosa, cuya impaciencia y fastidio habían ido en aumento, por toda respuesta se inclinó, tomó el balde y dio un paso hacia la puerta. El mozo se interpuso y con tono sombrío y resuelto exclamó:

—¡No te irás de aquí mientras no me digas por qué has cambiado de ese modo!

—Nada tengo que decirte y si no me dejas paso, grito y llamo a mi madre.

Una oleada de sangre coloreó el pálido rostro del muchacho, un relámpago brotó de sus ojos y con voz trémula por el dolor y por la cólera profirió:

—¡Ah, perra, ya sé quién es el que te ha puesto así; pero antes que se salga con la suya, como hay Dios que le arrancaré la lengua y el alma!

Rosa, erguida delante de él, lo contemplaba hosca y huraña.

—Por última vez. ¿Quieres o no ser mi mujer?

—¡Nunca! —dijo con fiereza la joven—. ¡Primero muerta!


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