Sub terra
Sub terra —¡Mira, tú te has propuesto quemarme la sangre! ¡Ya es hora de almorzar y todavÃa no está puesta la mesa! ¿Qué haces aquà botado en el suelo?
Gabriel, que se habÃa incorporado rápido, con el semblante enrojecido, inundado de lágrimas, se volvió hacia la puerta y al ver la amenazadora figura del ama, de pie en el umbral, cogió presuroso el cepillo y la tiza, y con los ojos bajos reanudó en silencio la tarea.
—¿Que no oyes, bribonazo, lo que te pregunto? ¿Por qué llorabas? Di; responde.
Un vivo rubor cubrió las mejillas del pequeño, y con voz trémula balbuceó suave y dolorosamente, sin alzar la vista del suelo:
—No sé, ama señora; tenÃa pena.
—¡Ah, con que tenÃas pena! Y por eso el fuego está casi apagado y el servicio a medio limpiar —y acentuando la ironÃa burlona de sus palabras, la dama prosiguió—: Para esa pÃcara pena ando trayendo aquà un remedio santo, infalible. En un Jesús, vas a sanar de la enfermedad.
Y diciendo y haciendo, sacó de debajo del delantal un pesado chicote y con la soltura y el garbo de una añeja práctica lo enarboló por encima de su cabeza.