Sub terra

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Pero el ruido de un aldabonazo en la puerta de calle detuvo en el aire la diestra flageladora. Precipitadamente el ama volvió las disciplinas a su sitio bajo el delantal y abandonó la cocina, murmurando entre dientes con reconcentrada ira:

—¡Espera, ya me la pagarás!

En el pequeño comedor, sentada a la cabecera de la mesa, doña Benigna, teniendo a su derecha a su vecina y comadre doña Encarnación Retamales y a su izquierda a su anciano tío, un solterón de humor agrio y displicente, hace con amabilidad los honores de dueña de casa. Su voz melosa tiene inflexiones acariciantes cuando se dirige a Gabriel que va y viene trayendo los manjares.

Esta simulación no engaña al huérfano, que sabe demasiado que tales blanduras le serán descontadas más tarde con creces por el implacable chicote. Con los brazos arremangados y un blanco delantal anudado al cuello, se desliza, con los pies descalzos, sin el menor ruido, en torno de la mesa.




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