Sub terra
Sub terra A Pedro María le había llegado el turno y aguardaba muy inquieto junto a la ventanilla. Mientras el cajero volvía las páginas, el corazón le palpitaba con fuerza y la angustia de la incertidumbre le estrechaba la garganta como un dogal de tal modo que cuando el pagador se volvió y le dijo:
—Tienes diez pesos de multa por cinco fallas y se te han descontado doce carretillas que tenían tosca. Debes, por consiguiente, tres pesos al despacho.
Quiso responder y no pudo, y se apartó de allí con los brazos caídos y andando torpemente como un beodo.
Una ojeada le bastó a la mujer para adivinar que el obrero traía las manos vacías y se echó a llorar balbuceando, mientras apretaba entre sus brazos convulsivamente a la criatura:
—¡Virgen santa, qué vamos a hacer!
Y cuando su marido, adelantándose a la pregunta que veía venir le dijo:
—Debemos tres pesos al despacho —la infeliz redobló su llanto, al que hicieron coro muy pronto los dos pequeñuelos. Pedro María contemplaba aquella desesperación mudo y sombrío y la vida se le apareció en ese instante con caracteres tan odiosos que si hubiera encontrado un medio rápido de librarse de ella lo habría adoptado sin vacilar.