Sub terra

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Y por la ventanilla abierta parecía brotar un hálito de desgracias: todos los que se acercaban a aquel hueco se separaban de él con rostro pálido y convulso, los puños apretados, mascullando maldiciones y juramentos. Y la lluvia caía siempre, copiosa, incesante, empapando la tierra y calando las ropas de aquellos miserables para quienes la llovizna y las inclemencias del cielo eran una parte muy pequeña de sus trabajos y sufrimientos.

Pedro María, taciturno, cejijunto, vio alejarse a su mujer e hijos cuyos harapos adheridos a sus carnes flácidas les daban un aspecto más miserable aún. Su primer impulso había sido seguirlos, pero la rápida visión de las desnudas y frías paredes del cuarto, del hogar apagado, del chico pidiendo pan, lo clavó en el sitio. Algunos compañeros lo llamaron haciéndole guiños expresivos, pero no tenía ganas de beber; la cabeza le pesaba como plomo sobre los hombros y en su cerebro vacío no había una idea, ni un pensamiento. Una inmensa laxitud entorpecía sus miembros y habiendo encontrado un lugar seco se tendió en el suelo y muy pronto un sueño pesado, lleno de imágenes y visiones extraordinariamente extrañas y fantásticas, cerró sus párpados.



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