La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet —¡Y bien! —concluyó Lenoir—, no sé si el Dios del que tiene conciencia mi espÃritu difiere esenÂcialmente, en su noción, del de los teólogos: sólo sé una cosa… es que tengo miedo de ese absoluto Justiciero.
No pude dejar de reÃrme ante esta última salida.
—¡No temáis, Lenoir! —le respond×, ¡y sobre todo, en este tema!… No exageremos o vamos a ofender al sentido común.
—¡Es cierto! —dijo el doctor—. Inclinémonos ante el divino sentido común, que cambia de opiÂnión todos los siglos y al que le es propio odiar, por naturaleza hasta el mismo nombre del alma. Saludemos, como personas «iluminadas» a ese sentido común que pasa, ultrajando al espÃritu, al tiempo que sigue el camino que el espÃritu le traÂza y le intima a recorrer. Afortunadamente el espÃritu no toma más en cuenta el insulto del sentido común que el pastor los mugidos del reÂbaño que dirige al tranquilo lugar de la muerte o el sueño.
En ese momento, Lenoir cerró los ojos, como perdido en una visión.
—¡Oh, astros! —murmuró—. Después de todo, ¿qué serÃa de vuestra gloria sin las tinieblas? Sin embargo —añadió sonriendo—, hay tinieblas meÂfÃticas que, incapaces de recibir la luz, apagan las luces.