La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet —¡Esa no es la cuestión! —dijo Lenoir—. EsÂtoy hablando, en este momento, de filosofÃa; pero, como no creo sino en las ciencias negras, sólo atribuyo una dudosa importancia —en una palaÂbra, muy relativa—, a los principios que en este momento sostengo. Dicho esto, veamos lo que dicen de Dios vuestros teólogos. Dios, según Malebranche, es el lugar de los espÃritus como el espacio es el de los cuerpos. Dios, según San AgustÃn, está por completo en todas partes, conÂtenido por completo en ninguna. ¿Quién negará que Dios sea cuerpo, aunque también sea espÃÂritu?, dijo Tertuliano. Dios es el acto puro, dijo Santo Tomás. ¡Dios es el Padre todopoderoso!, dijo el sÃmbolo de Nicea. ¡No podrÃa detenerme si diera todas las, por asà decirlo, definiciones del Ser Incondicionado, cuya noción es inseparable del ser! Pero el EspÃritu del Mundo no se define de esa manera. Estos resplandores y estas imágeÂnes sólo son profundas; la palabra de Jacob Boehme, «Dios es el silencio eterno», no me conÂvence tampoco —y estoy seguro que es para susÂtraerse a sus consecuencias— con el fin de llenar desesperadamente el lado oscuro de este pensaÂmiento, por el que el abad Clarke no pronunciaÂba nunca el nombre de Dios sin grandes demosÂtraciones fÃsicas de terror y de respeto.