La extrana historia Dr. Bonhomet

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Capítulo XI EL DOCTOR, LA SEÑORA LENOIR Y YO SOMOS PRESA DE UN ACCESO DE JOVIALIDAD

«Y mi corazón estaba tan feliz, que ya no lo reconocía como mío.»

DANTE

Gracias a las fintas evasivas que hasta entonces había favorecido con un fingido atolondra­miento y con la docta frivolidad de mis interro­gaciones, Lenoir (si bien había conseguido hacer valer la ingeniosidad de su inteligencia), por el contrario, no había hecho menos resplandeciente su impericia en estas materias trascendentales. Evidentemente, le había llevado a un terreno en que, a pesar de todos sus esfuerzos, yo podía no obstante cavar a placer una fosa definitiva a sus ilusiones.

Ahora se recogía, con los codos en la mesa, la mano sobre la frente, probablemente madurando alguna nueva enormidad, indigna de ser sometida a mi criterio. Su silencio meditativo me probaba en exceso la vacuidad de su alma; porque, si hu­biera tenido algo que decir, lo hubiera dicho sin más, como todo el mundo, sin experimentar esa fútil necesidad de reflexionar, que es el signo dis­tintivo de la impotencia y de la defección.

—No os ocultaré, amigo mío —exclamé—, inclu­so puedo decir mi mejor amigo, que estoy de antemano bastante convencido de la vanidad de vuestros argumentos respecto al aspecto utilita­rio de vuestras extrañas teorías. ¿De qué pueden servir?… insisto.


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