La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet «Y mi corazón estaba tan feliz, que ya no lo reconocía como mío.»
DANTE
Gracias a las fintas evasivas que hasta entonces había favorecido con un fingido atolondramiento y con la docta frivolidad de mis interrogaciones, Lenoir (si bien había conseguido hacer valer la ingeniosidad de su inteligencia), por el contrario, no había hecho menos resplandeciente su impericia en estas materias trascendentales. Evidentemente, le había llevado a un terreno en que, a pesar de todos sus esfuerzos, yo podía no obstante cavar a placer una fosa definitiva a sus ilusiones.
Ahora se recogía, con los codos en la mesa, la mano sobre la frente, probablemente madurando alguna nueva enormidad, indigna de ser sometida a mi criterio. Su silencio meditativo me probaba en exceso la vacuidad de su alma; porque, si hubiera tenido algo que decir, lo hubiera dicho sin más, como todo el mundo, sin experimentar esa fútil necesidad de reflexionar, que es el signo distintivo de la impotencia y de la defección.
—No os ocultaré, amigo mío —exclamé—, incluso puedo decir mi mejor amigo, que estoy de antemano bastante convencido de la vanidad de vuestros argumentos respecto al aspecto utilitario de vuestras extrañas teorías. ¿De qué pueden servir?… insisto.