La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Volvió a abrir los ojos y, tras un silencio:
—¡Para vos y los que son como vos, no sirven para nada! Para otros, que desprecian la muerte y se encuentran plenos de interés por la eternidad, sirven para combatir gloriosamente por la justicia, con la certidumbre de la derrota.
Cuando pronunció estas palabras, no pude controlar un pequeño grito de espanto, y mi fisonomía expresó tal pavor, que Lenoir se quedó con la boca abierta.
En efecto, había sentido, con una presciencia casi divina, que iba a desgranar el rosario interminable de las ideas subversivas de todo orden social.
Sin ese movimiento instintivo de reprobación, hubiera glosado largamente, sin duda alguna, «la independencia del mundo» y se hubiera mecido en quimeras con el sonido de su propia voz: advertí que mi sola pantomima había hecho tabla rasa de sus resoluciones y que no se atrevería a insistir en esas cosas delante de mí.
En efecto, ¿qué peso podrían tener, en la consideración de un hombre serio, estas clases de pensamiento que se dicen grandiosos, generosos, entusiastas, cuando basta que sean simplemente reflejadas por mi cerebro e ingenuamente disecadas por mis labios, para que, despojadas de toda vana floritura, se conviertan en una aridez capaz de provocar en los mismos espectros la nostalgia del sarcófago?