La extrana historia Dr. Bonhomet

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—Sí —dije yo—, os comprendo: ¡se trata de los pueblos!… ¡del pueblo! ¿Esperáis hacerle accesibles estos sueños de libertad, de dignidad, de justicia?… Pero no se tiene el recurso de la am­putación con las almas gangrenadas; hay cosas irremediables que se empeoran buscando su cu­ración. ¡El pueblo! …Ciertamente, nadie lo vene­ra tanto como yo; pero, lo mismo que mi función es lamentarlo, la suya es sufrir. Si estuviese com­probado que la ciencia le hiciese algún bien, ¡quién de nosotros (¡y yo el primero!) no le daría su alma, su vida y su amor!… Desgraciadamente, la víctima, una vez cortadas sus ligaduras, casi no tiene otro ideal que apretar el cuello de su liberador, porque el lugar de los miserables no puede encontrarse vacío en este mundo y no se puede rescatar a nadie sino sustituyéndolo en su lugar, siendo afortunado si le pagan con la ruina, la calumnia y la muerte, los bienes de los que se le ha colmado. ¡Amigo mío, es arduo reconocerlo, muy arduo!… —añadí retomando mi tono pater­nal—. ¡Y el Progreso de las Luces sólo hace des­arrollar en las criaturas hasta ahora inconscientes, inofensivas y que gozaban, por lo menos, de nues­tra compasión, los instintos de la envidia, del odio ruin, del deseo y de la traición!… ¡Y creed Lenoir, en mi competencia en estas materias!… ¡Así yo digo: perezcan los Benefactores si su acción ha de tener como resultado la desaparición de las víctimas! ¡Malditas sean las repúblicas futuras, las sociedades ideales, en que los hombres sensi­bles, como yo, no podrán ya vertir dulces lágrimas sobre la suerte de los pueblos!… ¡Con la sola idea de que podría privárseme de esa satisfacción, me parece que mis venas acarrean bilis en vez de sangre, mi pobre amigo!


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