La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Esta salida produjo cierta alegría: Lenoir y su mujer habían llevado su alienación mental hasta el punto de imaginar que bromeaba. Encantado de su error, creí mi deber exagerar su alegría. Si me hubiesen conocido a fondo, dudo de que se hubiesen despreocupado tan groseramente de este tema. En efecto, siempre he observado una cosa extraña y que, siendo especial en mí, a veces me intriga: se trata de que mis diabluras siempre me hacen palidecer.
Por lo tanto llené el salón con una de esas carcajadas que, repetidas por los ecos nocturnos, hacían que en otro tiempo, me acuerdo muy bien, ¡los perros aullaran cuando pasaba!… Desde entonces he tenido que moderar su uso, es cierto, porque mi hilaridad me espanta a mí mismo. Normalmente, utilizo estas manifestaciones en los grandes peligros. Es mi arma cuando tengo miedo, aunque mi miedo sea contagioso: es una protección segura contra los ladrones y asesinos, cuando me encuentro en lugares apartados. Mi risa pondría en fuga, mejor que las oraciones, a los mismos fantasmas, por que yo ¡nunca he podido contemplar los cielos estrellados!, y los espíritus, cuya protección invoco habitan en astros descoloridos.
No obstante, no tardé en darme cuenta de que lo que había tomado por una sonrisa, en la señora Lenoir, era simplemente un efecto de sombra que la lámpara había proyectado sobre su rostro.