La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Cautelosamente y con un estupor mal disimulado, consideré a la que no vacilaba en envenenar mi queja hasta ese punto monstruoso, pero no encontré nada que responder a sus condenables palabras. Busqué una salida, un epigrama sangriento, un sesgo de la argumentación; hice apelación a la mala fe. Todos los esfuerzos de mi cerebro resultaron infructuosos. Y, cuando esa prueba hiriente de mi impotencia me fue bien demostrada, comenzaron a invadirme el despecho, la indignación, el odio ciego. Mi corazón trepidaba y llamaba a las puertas de mi pecho: el furor, la sed de venganza, vagas ideas de asesinato, todos los sentimientos más viles, en fin, subieron a mi garganta de modo espantoso y se reflejaron bruscamente en mi rostro mediante una semisonrisa aprobatoria y beata.
Sin embargo, mi gesto, mi actitud la animaban a continuar.
—La realidad es —murmuré yo con continencia— que las afirmaciones de Lenoir harían ponerse celoso —si no le hicieran ruborizar— al señor de la Palice.
—Pero me habéis entristecido —continuo Llaire, con su bella voz grave y mística— cuando habéis declarado hace un momento que la ciencia bastaba para iluminar el enigma del mundo y que caminar a su prestado fulgor bastaba igualmente al hombre justo para cumplir sus obligaciones hacia Dios.