La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Mi querida señora Lenoir —repuse yo—, creo que os hacéis una idea demasiado grande de Dios. No es más que infinito, necesario, inconcebible, ¡asombroso! ¿Por qué hacerle intervenir en las conversaciones? Recordad que Kant tenÃa un vieÂjo criado llamado Lamb, que rogó al maestro que reconstruyera las pruebas de la existencia de un Dios, radicalmente destruidas por el gran filósofo. También nosotros tenemos, en todos nosotros, algo del viejo criado que pide un Dios. Seamos más sensatos que Kant: desconfiemos del primer movimiento; sepamos responder con una sonrisa… —¿melancólica?—. Y no aceptemos tales datos más que a tÃtulo de inventario. Por otra parte, hablando francamente, ¡¡¡me parece que la herencia de nuestros primeros padres lo meÂrece más allá de toda expresión!!!
Esa fue la ducha de agua frÃa.
No obstante, la señora Lenoir me respondió plácidamente.
—¿Por qué no pedir al mismo infinito un Dios? ¿No es necesario que realice cualquier pensamienÂto? (Porque, ¿qué serÃa un presunto infinito que se viera limitado a esa impotencia de realizar un pensamiento del hombre?) Y como Dios, os digo, es el pensamiento más sublime del que podemos concebir su Ãntima noción, somos infinitamente insensatos si nos esforzamos por destruirlo en nosotros (lo que por otra parte es imposible).