La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet «¡Palabras!, ¡palabras!, ¡palabras!»
SHAKESPEARE, Hamlet
Lenoir articuló estas palabras en un tono que heló definitivamente la sonrisa de mis labios; de repente, me pareció que, durante nuestra charla, la noche misma se había acercado y que, por su parte, iba a dar sus argumentos y a mezclarse en la discusión. El hecho es que la simple noche exterior, cuyos fríos soplos hacían restallar su látigo sobre las olas, hacía retumbar ahora su horror sin astros bajo espesas nubes. Este cambio de impresiones fue tan rápido que me creí presa de una alucinación. Me pareció que nos invadía una gran palidez; las cortinas de las ventanas se movían; estábamos bajo la influencia de la medianoche.
Entonces sentí que el mal hereditario que en mi existe se despertaba en el fondo de mi naturaleza y, como no podía soportar la visión del espacio desolado, me levanté precipitadamente y cerré el ventanal con un estremecimiento de malos presagios que, en mí, es el mensajero de las angustias del infierno.
¡Ah! ¡esta enfermedad! ¿Cómo me ha sucedido? ¿No es espantoso?
A pesar de todo, disimulé lo mejor que pude el estado de mis sensaciones y respondí con un aire indiferente a Lenoir: