La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Todo lo que el humano ingenio puede inventar respecto a fogosos estornudatorios y a terribles revulsivos, supe deslizarlo en su caja de rapé. Tenía que sucumbir o curarse. Estaba decidido a recurrir aunque fuera a los explosivos con tal de acabar con el mal. Me complazco en confiar que no hay ingredientes debidos a todas las ramas del saber, con los que yo no le haya rellenado muy hábilmente las fosas nasales. Con peligro de mi vida, he hecho calentar los crisoles en que se pulverizaban, después de su cocción, los jugos de las plantas más deletéreas, tan útiles en medicina cuando su dosificación es ponderada. En todo me parecía ver la mano de Dios. Momentáneamente había descuidado a mis queridos infusorios; sólo la amistad me guiaba, y a menudo, por la noche, cuando despertado con un sobresalto por una pesadilla, veía mis almohadones empurpurados por los reflejos del laboratorio en que hervían noche y día los alambiques, los matraces de tubos y las retortas, me deleitaba con ternura en el pensamiento de que todo lo que allí se hacía, bajo el augurio de los buenos genios de la auténtica ciencia, sería situado por la mañana en el aparato olfativo de mi deplorable amigo.