La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet De repente sus manos se estiraron con una crispación atroz y sus ojos se agrandaron misteriosos: sin duda alguna, lo que veía se hacía tan espantoso que ni siquiera encontraba dentro de su pecho fuerzas para un grito. Se debatió, luego volvió a caer, rígida, siempre con la mirada dirigida al muro, con una especie de ahogado sollozo.
Sin duda había rendido su alma; pero yo no estaba seguro.
Me precipité sobre mi bolsa para sacar de ella un estuche de lancetas; revolví desesperadamente: sólo tenía cristales, instrumentos, colecciones de infusorios, lupas. ¡Salté de un lado a otro de la habitación, fuera de mí! Y volví a la cama, manteniendo maquinalmente en la mano una fuerte lupa que había encontrado.
Entonces, cogí el candelabro, lo acerqué al rostro de la difunta y la miré con la lupa, con un estremecimiento nervioso.
¡Por fin, ¡se acabó!… —pensé con un suspiro de tranquilidad; está bien muerta.
Da repente, no puedo decir por qué, sus ojos paralizados llamaron mi atención.