La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Hubo un momento de silencio, durante el cual la señora Lenoir rechazando por ambos lados el largo manto negro, su vestido, se extendió penosamente sobre la espalda, la cabeza muy erguida por la almohada y con los ojos fijos, muy abiertos. Parecía mirar, profundizar poco a poco, a su pesar, la blancura cegadora del muro en que caía el reflejo de los candelabros.
En ese momento llegaron hasta nosotros los primeros estallidos del lejano fuego de artificio: la fiesta nacional estaba en su apogeo. Se oían los vagos hurras de las personas serias de la ciudad, satisfechos de ver cómo las bellas humaredas se elevaban y explotaban, por otra parte de un modo agradable, por los aires.
—¡Ah! —gritó ella con un sobresalto—, ¡y bien!, ¡qué es lo que decía!… ¡AQUÍ ESTÁ! ¡Miradlo! ¡Ahí!, ¡ahí!, ¡el monstruo de los malos sueños! ¡Aquí está!, tal como se soñaba también él, el señor Lenoir! ¿Era entonces un hijo de Cam para haberse REALIZADO de ese modo en la muerte? ¿Para quién afila tanto tiempo, tan fríamente, ante el espantoso mar, ese cuchillo?… ¡Ah! ¡Vampiro! ¡Demonio! ¡Asesino!… —decía entre estertores la desgraciada mujer—, ¡vete de ese muro! ¡Deja mis pobres ojos!