La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet ¡Y bien, pensad en ella! —dijo la enferma con una triste sonrisa—, y rezad. Las oraciones, como son lanzadas por la voluntad más allá de la naturaleza, se escapan de la destrucción. Para mà que no me he avergonzado de rezar, mientras que mi mando planteaba la ultrajante duda —cáncer de nuestros tristes dÃas—, hasta el punto de fingir respeto por mi fe por amor a mi desgraciado cuerpo —para mà que querÃa arrepentirme de haber cometido algo prohibido—, porque no hay razón alguna que pueda absolverme —espero y estoy segura— que tras un instante de agonÃa Dios no me excluirá de todo perdón.
Y cogiendo sus binóculos con las dos manos, se los quito de la frente. Los cristales se quebraron entre sus manos ensangrentadas y torció su montura con un movimiento convulso.
—¡Ya no tengo necesidad de gafas para ver ahora! —dijo.
Hablaba con una voz tremebunda, pero sin embargo, con una especie de sonrisa de esperanza realmente infinita en que parecÃa afirmarse su valor con vistas a alguna prueba terrorÃfica suÂprema e inminente, tras la cual su alma serÃa «salvada».
Sonaron las diez.