La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet La idea de esta medicación, por anodina que la prejuzgara, había hecho sonreír de un modo especial a Bonhomet. Trasladándose entonces al departamento de nodrizas más en boga, su elección tras un meditado examen se fijó en una fuerte y lujuriante nativa de Caux, con una inmensa cofia, con una delantera tersa y colgante hasta el suelo; enseguida se la había llevado en su carroza, al galope, a su casa.
Allí, tras guiarla en silencio, a través del laberinto de los vastos salones interminables, desiertos y crepusculares, con lámparas eternamente envueltas en velos de gasa, con muebles siempre disimulados bajo fundas polvorientas, llegó a un tercer salón; la nodriza tuvo miedo y preguntó, con una voz inquieta: «¿dónde estaba el niño?»
Taciturno, tocando el órgano, con los ojos hacia el techo y dejando caer sus cejas en un triángulo quejumbroso, el doctor había gimoteado estas dos palabras inesperadas:
—¡Mi…i… Nene mí!
Sofocada por esta respuesta, la nodriza había caído de espaldas sobre un gran sofá que se encontraba a su alcance: y el doctor, aprovechándose de esta circunstancia, se había lanzado sobre ella y había tomado una copiosa dosis de medicamento.