La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet En primer lugar, digamos mi debilidad por Voltaire, ese creador de Micromegas (esa página inmortal), donde se encuentran presentidos, por así decirlo, un buen número de mis innumerables descubrimientos. De todos modos, mi admiración por este preciado escritor no es servil; pues, en efecto, cada uno ha de buscar su propio desarrollo, con un profundo desprecio de sus maestros y de todos los que, en su educación, han tratado de inculcarle sus propias ideas. Lo que estimo en Voltaire, es esa habilidad, alabada en Pozzo di Borgo y en Maquiavelo —mis amados maestros—, que consiste en pisotear todo respeto por el semejante bajo la apariencia de una humilde devoción, hasta lo obsequioso. ¡Apariencias perfectas cuyo supremo fin sería rendir realmente un servicio! De paso, recomiendo esa manera de entender la caridad. Es la única digna de considerarse seria: sirve para ocultar las ocupaciones reales. ¡Ahora bien, yo no me preocupo de que se sepa que me dedico, en cuerpo y alma, a los infusorios! Las visitas, las preguntas, las consultas y las cortesías me impedirían aportar la deseable concentración a mis vertiginosos trabajos. Por otra parte, como es preciso que hable, cuando estoy en cualquier grupo, me apresuro a hablar a cada uno de lo que más debe preocuparle con el fin de evitar cualquier pregunta sobre la naturaleza de mis investigaciones científicas: ¿y no es casi siempre, el propio casamiento o el de los allegados, lo que más preocupa a los ridículos hijos de la Mujer? ¡Es evidente! ¡Y así es cómo, sin gran gasto de imaginación, me he introducido en la intimidad de muchas personas, y he arreglado —milagrosamente ayudado por el azar— una gran cantidad de matrimonios!