La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Cruzamos algunas palabras referentes a nuestra llegada a Saint-Malo, fijada para el día siguiente; luego —como los vapores del vino y las luces nos hubiesen perturbado el espíritu de modo suficiente— subimos a respirar aire puro a la cubierta, donde encendimos nuestros cigarros.
Durante el banquete me había abstenido de mezclarme en la discusión política —siempre tan animada en estas ocasiones—, que había estallado, naturalmente, a la hora de los postres.
Esta clase de discusiones sólo me parece interesante con las damas.
¡Eh! ¿Quién permanecería insensible a sus finas sonrisas, a sus intempestivas y graciosas exclamaciones, a su aire de entendidas, a los elogiables esfuerzos de sus pupilas por parecer penetrantes, inquietas, sorprendidas, etc.? Eo repito: la discusión política con las señoras es una cosa cautivadora y que da que pensar.
Con el fin de merecer su estima y su confianza, mi fisonomía se hace entonces más benévola, más paternal, más dulce que de costumbre, y con aire grave, bajando los ojos, les cuento los absurdos más indignantes, que hacen que veneren mis cabellos canos. De modo que mis palabras más insignificantes son creídas a pies juntillas por el encantador sexo.