La extrana historia Dr. Bonhomet

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Por lo demás, la conversación política sería igualmente entretenida con el sexo fuerte si éste supiera aportar a ella la gracia y la jovialidad deseables; porque nunca he oído a nadie prever seriamente en lo referente a acontecimientos.

Tampoco sir Henry Clifton había despegado los labios; lo cual hacía que tuviera de él una alta opinión: ya que nada me parecía más difícil que el silencio a su edad. Creía yo que en política ha­bía de compartir mis ideas y puedo dar cuenta de ellas del siguiente modo:

En todos los países, todo ciudadano digno de ese nombre dispone, entre sus trabajos y sus co­midas, de cerca de tres horas de ocio por día. Normalmente llena esos momentos de respiro con la ayuda de una pequeña charla, inocente y digesti­va, sobre los —asuntos de la patria. Ahora bien, ¿si no pasa nada notable ni «grave», en qué podrá centrar su discusión? Se aburrirá, falto de tema de conversación: y el aburrimiento de los ciu­dadanos es fatal casi siempre para los jefes de Estado. Cuando la lengua está ociosa el brazo está presto a actuar, y, como hay que llenar las tres horas citadas anteriormente, el conversador de ayer se convierte en el conspirador de hoy. Ese es el triste secreto de las revoluciones.


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