La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Me cogió las manos, completamente embobado: el pez habÃa picado; y yo evitaba asà las preguntas cientÃficas.
—Creo comprender por fin —balbuceó tras un silencio— que me propone algo como…
Se detuvo con un pudor que le agradecÃ.
—Una mujer legÃtima, teniente.
—¡Una mujer! —acabó él con una voz poco seÂgura e incluso agitada por un temblor.
—¿Y por qué no, teniente? —repliqué, presinÂtiendo un misterio—; vuestro oficio de marino (¡un difÃcil arte! ¡noble empresa!, carrera notaÂble…) —interrumpà yo por una maquinal costumÂbre— no es incompatible con un lejano hogar. ¡Hay nudos más dulces que… los que acostumbráis a desatar!… añadà yo sonriendo agradablemente. De todos modos, si no estáis dispuesto, dejémoslo asÃ; no se hable más.
Hubo una pausa momentánea; luego, de repenÂte, y como si hubiera reflexionado bastante:
—¡Señor!… —me dijo, retrocediendo un poco.
Después, probablemente pensando: «qué tipo más original» y absorbiendo sus ideas, Clifton continuó:
—Le doy las gracias por su buena voluntad, docÂtor, esto merece incluso una confidencia.
En ello estábamos. El vino de Constanza iba a actuar sobre el joven demasiado impresionable. Enderecé mis orejas con compunción.