La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet —¡SÃ, eso es, mi joven amigo! —dije yo—. ¡Par— diez! ¡Sé lo que os preocupa! ¿He de confesárosÂlo? Pienso en ello desde que tuve el auténtico placer de estrecharos la mano. (En este punto, bajé la voz mirando vagamente ante mÃ, como un hombre que se habla a sà mismo): ApostarÃa a que esto es lo que os conviene. ¡Una persona capaz! ¡Una viuda aventurera, y con todo, experimentada! ¡Una bella mujer! ¡Carácter de seÂgunda mano! ¡Fortuna, ¡oh!, ¡fortuna de las Mil y una noches!… Esa es la palabra. Sà —añadà yo (y levanté bruscamente los párpados fijando unos pálidos ojos en sus galones)—, sÃ, esa es toda vuestra preocupación.
Tras un cierto estupor, previsto:
—¡Eli! ¡Eh! —exclamó sir Henry Clifton, sacuÂdiendo sereno la ceniza del cigarro con su dedo meñique—. ¡Eh! ¡Eh! ¡El excelente y astuto docÂtor! ¡Diablo, si comprendo!
Con mansedumbre posé la mano sobre su brazo y, con los ojos absolutamente sumergidos en el espacio celeste, le susurré al oÃdo:
—El lunes, de una a dos, puede que tenga lugar, salvo que aparezcan obstáculos durante el dÃa, una presentación; se perpetrará vuestro himeneo en seis semanas; ¡me dejarÃa cortar mi pobre caÂbeza aquÃ, en la roda de popa, si me equivoco!