La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Era una mujer envuelta en una bata de tercioÂpelo verde, con borlas de color granate; dos larÂgos bucles de pelo castaño caÃan, a la Sevigné[5], sobre su pecho; cubrÃan sus ojos un par de gafas de oro cuyos enormes cristales azulinos —redonÂdos como escudos de seis libras— ocultaban casi las cejas y la parte superior de sus pálidos pómuÂlos. Se acercó mostrando sus dientes con una intencionada sonrisa y con el aspecto de una apaÂrición. Lo dije y lo vuelvo a decir: su imprevista aparición me llenó de sobrecogimiento.
—¡Asà que sois vos, señor viajero! —me dijo Claire Lenoir con una voz mordiente y vibrante como el sonido de la plata—. ¡Fuimos a esperaros ayer por la tarde al muelle! Dejad eso y bebed luego un vaso de este viejo Madeira; Césaire baÂjará dentro de un momento.
Una vez que dejé mis utensilios en un rincón, con rapidez, le cogà las manos:
—¡Usted! —murmuré—; ¿es posible?…
La joven me miró como sorprendida.
—¡Sin duda —me dijo—, sin duda alguna! ¿A qué se debe su gran asombro, mi querido señor? ¡No sabÃa que hubiera cambiado hasta tal punto! ¡Ah! —exclamó ella de improviso, riendo a carÂcajadas—, ¡ya me doy cuenta! ¡Son mis gafas!… ¡Es cierto! No me habéis vuelto a ver desde… ¡Ay!, amigo mÃo, me he resignado a llevarlas, a mi edad, con la esperanza de prolongar la luz un poco más… ¡Ya veis! ¡ya veis!