La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Y levantando con sus dos manos las grandes antiparras, me dejó apreciar sus ojos.
Eran de un brillo tan vÃtreo, tan interno, que la mirada tenÃa una frialdad de piedra; hacÃan daño. Eran dos aguamarinas.
—¡Volvéroslas a poner! —le dije con viveza—; una ráfaga de aire repentina podrÃa ser peligrosa.
Las grandes pestañas cayeron sobre las pupilas.
—No sé qué tienen mis ojos —dijo obedeciéndoÂme—; pero opino, por los parpadeos que produÂcen, que tanto en interés de los demás como en el mÃo propio, he de llevar estas gruesas gafas.
Hubo un silencio.
Comprendà que habÃa llegado el momento de dejar caer un madrigal, me parecÃa incluso que la situación lo exigÃa imperiosamente. Pero, en el momento en que abrÃa la boca para hacer una comparación con los astros más enormes de la bóveda celeste (caros a los ángeles nocturnos), otro personaje apareció tras la puerta de vidrio: era Lenoir.
Tan pronto como me reconoció, sus dispares y levantadas cejas se desfruncieron, entró como una bala del cuarenta y ocho, se precipitó en mis brazos sin decir palabra, con una franca expansión que hizo que casi me derribara.
Me abrazó estrechamente.