La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet He de confesarlo: la prosa del novelista sin igual, del moralista de las islas Chinchas, francamente me había reconfortado el corazón. Sus personajes, sólidos, como tallados en madera, me habían llenado de interés, muchas veces, especialmente uno, llamado, según creo, Rocambole. Sólo le haré un reproche y ello con la reserva de la humildad: se trata de que a veces, es quizás un poco metafísico… un poco —¿cómo diría yo—, un poco abstracto… en fin —por decir algo—, está un poco en las nubes, como desgraciadamente están todos los poetas.
—¡Ah! ¡Cuándo llegará un escritor que nos diga cosas reales! ¡Cosas que pasan! ¡Cosas que en su fuero interno sabe todo el mundo! ¡Que ocurren, han ocurrido y ocurrirán por siempre en las calles! ¡En fin, cosas SERIAS! Será digno de que lo estime entonces el público, ya que será la pluma pública.
En cuanto al anciano diputado, sus «versos», por utilizar su asombrosa expresión, me habían agriado la bilis. Se trataba (en la medida en que me puedo acordar de ellos) de una suerte de pu— purrí de leyendas sin hilazón y, tal como se suele decir, sin rima ni razón de ser. Allí se hablaba de Mahoma, de Adán y de Eva, del sultán, de los regimientos suizos y de caballeros errantes: en fin, era el cafarnaún más caótico y extravagante que haya podido concebir cerebro enloquecido alguno.