La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Cuando me hizo esta ingenua confidencia, la envolví, naturalmente, en una mirada oblicua y casi viperina, sin dar crédito a mis oídos: ¡Estarán de acuerdo en que para una mujer versada en el estudio de las letras y en las cuestiones abstrusas de la filosofía era una triste respuesta! ¿Qué leía ella, entonces?…, pensé. ¿En qué pensaba esa cabecita loca?
No obstante, su franqueza absolutamente provinciana ganó mi indulgencia y no quise abusar para nada de la superioridad de mis conocimientos sobre los de mi encantadora anfitriona.
Por lo tanto me limité a charlar del diputado y del cuentista americano (¡Es inexplicable que se me escapen sus nombres!…) Hablé de ellos, repito, en los términos apreciativos que antes he expuesto.
Parecía que la señora Lenoir me escuchaba con la mayor atención durante algún tiempo: tenía aspecto de ignorar por completo de quién quería yo hablar. Pero cuando precisé el tema (que se me ocurrió muy a propósito) de algunas de las «leyendas» del diputado y el título de algunos de sus «cuentos inigualables» debidos a la pluma del burgués de Carolina del Sur, ¡se estremeció como si se despertara con un sobresalto y su fisonomía adquirió una expresión muy singular! —¡puedo afirmarlo!… ¡demonios!—, ¡indefinible!… esa es la palabra.