La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Primero fijó sobre mí sus aguamarinas resguardadas tras sus lentes y permaneció como arrebatada por un vago estupor. Luego, apoderándose de la botella, llenó su vaso, bebió un trago de agua pura, dejó el vaso delante de su plato y, de repente, sin motivo alguno, lanzó una carcajada musical y nerviosa mientras yo la contemplaba con una suspicaz compasión preguntándome a mí mismo por sus facultades mentales.
Pronto recuperó una apariencia más decente y la oí murmurar muy bajo, porque tengo un fino oído:
—¿Por qué reír? Está escrito: «Los muertos no se alabarán».
Literalmente, no supe qué pensar: miré a Césaire: no decía palabra y devoraba un lomo con tomate, poniendo los ojos en blanco.
—Sí, esa es la misteriosa ley!… —continuaba la joven, tan bajo que apenas la oía—, hay personas constituidas de tal manera que, incluso en medio de olas de luz, no pueden dejar de ser oscuros. Son almas groseras y profanadoras, revestidas por el azar y las apariencias, que pasan, amuralladas, por el sepulcro de sus sentidos mortales.
En mi fuero interno, la censuré por este epigrama, dirigido evidentemente a su marido, pero, por buen gusto, no quise que pareciera que lo había oído.
—¡Eh! ¡Eh!… ¡Mire, querida señora Lenoir, —exclamé—, estoy completamente lleno!