La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet —Hay otros seres —continuó con dulzura— que conocen los caminos de la vida y sienten curiosiÂdad por los senderos de la muerte. Estos, para los que ha de venir el reino del EspÃritu, desprecian los años, siendo dueños de lo Eterno. En el fondo de sus sagrados ojos vela un fulgor más precioso que millones de universos sensibles, como el nuesÂtro, desde nuestro ecuador hasta Neptuno. En su inconsciente acatamiento de las leyes de Dios, el mundo no deja de hacerse justicia a sà mismo, consagrándose a la MUERTE desde el dÃa en el que exclamó: «¡Malditos sean los que sueñan!»
Y murmuró las palabras (sin sentido, se mire como se mire) de Lactancio, en su De morte persecutorum, tan bajo, ¡tan bajo! que esta vez lo adiviné, más que lo oÃ:
—Pulcher hymnus Dei homo inmortalis!…
Puso los codos sobre la mesa, con el mentón en la palma de su bella mano, como olvidándose de nuestra presencia.
Sin duda el elogio era exagerado: estoy lejos de ser un alma tan bella como ella habÃa querido dar a entender; me servà entonces una buena porción de vino, traÃdo de la India y, para ser sincero, sentà un poco de compasión por todo este fútil galimatÃas.