La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Entonces, al discreto resplandor de la lámpara, Césaire, estimándose repleto, se dejó caer, clásico, sobre el respaldo de su sillón y, cabeceando, colocó sus dos manos ruidosamente sobre la mesa donde el criado acababa de dejar el café y el licor. Bajo sus levantadas cejas, puso en blanco dos ojos turbios y satisfechos y nos miró, a la señora Lenoir y a mí, con un cierto alelamiento. Luego saboreó el aroma de un primer sorbo de café, dejó su taza, torció sus pulgares y mirando al cielo, dejó caer esta palabra con una voz espesa, gutural y enronquecida por la comida:
—¡Perfecto!
Su boca, hendida como un casco de policía, trató de esbozar una sonrisa.
Y sin más entabló una discusión «filosófica».
La tesis escogida por el excelente anfitrión no era otra que la siguiente:
«—¿Estamos llamados a nuevas cadenas de existencias o esta vida es la definitiva? ¿Constituye la suma de nuestras acciones y de nuestros pensamientos un nuevo ser interior soluble en la muerte? Dicho de otro modo: ¿Merece nuestro endeble cociente de modo inmediato, tras la disolución del organismo, tras la disgregación de la actual forma, los honores de lo Inmodificable?»