La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet Dejo que el lector juzgue por sí mismo el efecto que este programa, como para confundir a los alienados de los hospitales, tuvo que producir en mí. Pero Césaire, imperturbable, se recogió y vi con espanto que se disponía muy tranquilamente a mostrar con la mayor complacencia del mundo todas las supersticiones con las que se había infectado el espíritu.
Porque —¡es preciso que lo diga desde este fomento! ¡es tiempo de prevenir al lector!— él era un frecuentador de lugares solitarios, un hombre de sombríos sistemas y de temperamento vindicativo. Tenía algo de rudimentario, de alucinado, en sus rasgos fundamentales. Pretendía, riendo bajo su nariz de Canaco, que tenía algo de vampiro peludo. Sus engreídas bromas versaban muy a menudo sobre la antropofagia. Todo esto parecía fundirse en una bonachona burguesía, pero cuando se encontraba afanado en su tema favorito: —La forma que puede adquirir el fluido nervioso de un difunto, el poder físico y eventual de los manes sobre los vivos— ¡sus ojos brillaban con una luz supersticiosa! Este salvaje hablaba con terror del gran Diablo de los infierno y hubiese acabado por inquietar y enfermar a temperamentos menos firmes que el mío, gracias a su obstinada y extraña elocuencia.